Recuerdo muy bien como cuando estudié historia en el bachillerato, había un capítulo en el programa de la asignatura llamado “La época del despotismo ilustrado” que podía resumirse perfectamente en esta frase: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Esa época transcurrió hace ya varios siglos. De hecho, creo que nadie hoy se atrevería a cuestionar que uno de los grandes avances de la humanidad fue la superación de aquella etapa histórica a traves de los grandes movimientos revolucionarios, que precisamente tenían como objetivo el poder popular, el poder del pueblo, la democracia en su expresión más avanzada.

Parte fundamental e intrínseca de ese avance, de esa conquista entiendo que es lo que que conocemos como derecho a decidir. Derecho a decidir hacia donde queremos orientar nuestra vida, como queremos vivir, como queremos expresarnos, en el caso muy especial de las mujeres, derecho a decidir sobre su cuerpo, sobre su maternidad, sobre el aborto… pero este derecho a decidir entendido como una facultad individual, como un derecho del ciudadano o ciudadana libre, nunca puede ser completo y real si no se puede ejercer a nivel colectivo, como sociedad, como comunidad, como pueblo. La democracia se convierte en una falacia cuando el derecho a decidir de la colectividad esta sometido a restricciones, y eso por desgracia, lo hemos vivido recientemente tanto en el caso de los pueblos que quieren ejercer su derecho a la autodeterminacion como en los que queremos poner en cuestión desde la forma de estado a centenares de cuestiones más. La reivindicación del derecho a decidir de los pueblos y de las sociedades es para mi algo irrenunciable y en cuya defensa no podemos ceder ni un ápice de terreno.